Cuando el papa León XIV se dirigió a los responsables de las asociaciones internacionales de fieles y de los movimientos eclesiales reunidos en Roma los días 21 y 22 de mayo, hubo una frase que resonó especialmente en mí: «Las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales son un don inestimable para la Iglesia.»
Como capellán mundial de la CICE, participar en este encuentro anual (en compañía de Antoine Moussally, nuestro presidente) organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida fue al mismo tiempo un privilegio y un recordatorio de algo que a veces olvidamos. La CICE no es simplemente una organización católica presente en el escultismo. Forma parte de la rica y diversa comunión de asociaciones internacionales de fieles que contribuyen, cada una según su propio carisma, a la vida y a la misión de la Iglesia.
Durante dos días, representantes de movimientos y asociaciones procedentes de todos los continentes reflexionaron juntos sobre el tema de la gobernanza. A primera vista, la gobernanza puede parecer una cuestión técnica relacionada con estructuras, estatutos, responsabilidades y procedimientos. Sin embargo, las reflexiones pusieron de manifiesto una perspectiva mucho más profunda. En la Iglesia, la gobernanza nunca es mera administración. Es una forma de servicio. Consiste en ayudar a una comunidad a permanecer fiel a su misión, fomentar la participación, discernir juntos y crear las condiciones para que las personas puedan crecer.
Esta reflexión tiene una relevancia particular para el escultismo. El liderazgo es una de las dimensiones fundamentales del método scout. Buscamos educar a los jóvenes no para el poder, sino para el servicio; no para el privilegio, sino para la responsabilidad. Escuchando las reflexiones sobre la gobernanza eclesial, me impresionó la cercanía de esta visión con la intuición educativa de Baden-Powell y con el propio Evangelio. Un buen liderazgo no consiste en controlar a los demás, sino en ayudarles a desarrollarse plenamente. La gobernanza, en este sentido, trata ante todo de las personas, las relaciones y la misión.
Otro aspecto especialmente significativo del encuentro fue su dimensión internacional. Responsables de culturas, lenguas y experiencias eclesiales muy diversas se reunieron en torno a una misma mesa, unidos por el deseo de servir a la Iglesia. Esta experiencia refleja la propia realidad de la CICE. Nuestra misión se desarrolla a través de continentes, culturas y tradiciones scouts. Esa diversidad no es un obstáculo para la unidad; es una de sus expresiones más hermosas.
Para la CICE, estar presente en este encuentro significa mucho más que una representación institucional. Es un signo de que los católicos presentes en el escultismo forman plenamente parte de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, pertenecen a la fraternidad única de la Organización Mundial del Movimiento Scout, donde jóvenes y adultos de muchas religiones y convicciones caminan juntos. Esta doble pertenencia —a la Iglesia y al Movimiento Scout— es a la vez un don y una responsabilidad. Nos llama a contribuir a la misión de la Iglesia mediante el método educativo del escultismo y, al mismo tiempo, a aportar al Movimiento Scout los valores del diálogo, la fraternidad, el servicio y el crecimiento espiritual arraigados en el Evangelio.
En un mundo frecuentemente marcado por la fragmentación y la polarización, esta experiencia fue un poderoso recordatorio de nuestra vocación de construir puentes: entre generaciones, entre culturas, entre religiones, entre la Iglesia y el Movimiento Scout. Esta no es solamente la misión de la CICE; es también uno de los dones más valiosos que el escultismo católico puede ofrecer hoy a la Iglesia y al mundo.