«El deber del scout es ser útil y ayudar a los demás»
Recordamos las palabras de Jesús:
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor…» (Marcos 10, 42–45)
«Y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos.» (Juan 13, 5)
El Jueves Santo, Jesús celebra la Última Cena. Le vemos —Señor y Maestro— arrodillarse y lavar los pies de sus discípulos.
«…el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor… el primero debe ser el último de todos y el servidor de todos.» Esto puede resultar difícil de aceptar, y a muchos nos cuesta ponerlo en práctica en nuestro mundo secular, donde el «éxito» se mide por estar en la cima, tener dinero, títulos y bienes materiales. San Juan Pablo II dijo una vez: «El valor de una persona no se mide por lo que posee, sino por lo que es.»
El «servicio» se manifiesta en la manera en que nos entregamos a los demás con amor y compasión: cómo los tratamos, respetamos, apoyamos; cómo les hablamos; cuánto nos preocupamos por ellos. La grandeza se define por lo que somos y lo que hacemos con nuestra vida. Por eso, todas las decisiones, elecciones y compromisos de Jesús están orientados al bien y a la felicidad de los demás.
Fue servidor de pecadores como Zaqueo, de prostitutas como María Magdalena, de recaudadores de impuestos como Mateo, de ladrones como Judas. Sirvió a judíos, samaritanos y paganos —sin distinción de religión o cultura. Sirvió a ciegos, sordos, mudos, cojos, enfermos y a todos los pobres del Evangelio…
Ser un scout-servidor significa comprometerse con el bien y la felicidad de los demás. Es una forma de mantener nuestra lámpara encendida: hacer el bien a nuestro alrededor.
Tenemos una larga lista de santos que comparten un rasgo común: se pusieron totalmente al servicio de sus hermanos y hermanas. Sirvieron, y su servicio se convirtió en una fuerza que inspiró la vida de muchos. Como decía Santo Tomás: «Lo que amamos nos dice quiénes somos.»
¿Y tú? ¿Qué amas?