UNA GRAN OCASIÓN: EL JUBILEO DEL 2000

 

El año 2000, año del Jubileo, es una ocasión para hacer el balance y ponerse en marcha de nuevo. No esperemos que la celebración del Jubileo nos dé algo mágico: será en la medida en que lo deseemos. Ciertos "desafíos" pueden ayudarnos ante todo a reflexionar con fin de saber lo que tenemos que proponer a los jóvenes que tienen confianza en nosotros y nos piden ayuda en el camino de la vida.

  1. Una tierra que administrar. Olvidando que Dios nos ha encargado de gobernar la tierra en su nombre, podemos perdernos en ella o, al contrario, aplastarla pensando que somos dioses. Pensemos en el libro del Génesis: los hombres son parte de la creación porque fueron creados a imagen de Dios y están destinados a crecer, multiplicarse, dominar la tierra, a trabajarla como un jardín. Debemos aprender a vivir en nuestro mundo como en este gran jardín que nos es confiado.
  2. La libertad de conquistar. Lo que constituye mi dignidad es el hecho que soy único y capaz de trazar el camino de mi vida, porque soy responsable de mi existencia. Pero esta característica, este derecho de responsabilidad y de libertad que reivindicamos es fuente de una exigencia particular: mi vida será el reflejo de mi voluntad o de mi falta de voluntad.
  3. La autonomía no es independencia. Si actúo según mis sentimientos, soy como, un jinete sobre un caballo loco; si decido yo solo decretar como auténticos ciertos valores, mi horizonte puede cerrarse cada vez más. Queda el individualismo y la búsqueda del propio bienestar, ¿pero esto puede ser suficiente, no corremos el riesgo de asfixiarnos? La verdad es que estamos libres solo cuando reconocemos en la vida unas reglas superiores a nosotros mismos.

  4. El bien común a promover. La ciencia avanza, las técnicas se sustituyen a una velocidad impresionante, los grandes problemas que obsesionan la humanidad se retrasan pero nunca se resuelven.
  5. Entonces, si las soluciones al mal funcionamiento de la sociedad no están únicamente en el progreso y en la reforma de las estructuras, ¿dónde las vamos a encontrar? Debemos construir el corazón del hombre. Es decir, hay que educar en la confianza, hay que saber ir más allá de las apariencias para ver lo que es bueno y bello en los que están a nuestro lado.

    Pero no es suficiente: el producto de nuestro trabajo depende también de las motivaciones; el mundo exterior depende de manera objetiva del mundo interior de los hombres. Lo sabemos muy bien: nadie puede dar lo que no tiene.

  6. Promover y defender la vida. El hombre, ser racional, es el único consciente de ser mortal. La muerte sigue siendo un punto de interrogación y da miedo. Intentamos dominarla, exorcizarla. Pensemos en la eutanasia, en la manipulación genética, en el aborto, en la esterilización. No son más que la expresión de un cinismo práctico que ya se manifestó durante el nazismo y que hoy se propaga cada vez más. El hombre es hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza: es su mayor dignidad; si pierde su relación con Dios, pierde también el sentido de su vida. Pero si el horizonte de su vida es la muerte física, entonces todo está permitido, caemos en el mayor cinismo. La lógica que ejerce el control de la vida y la muerte es la misma que ejerce una opresión sobre los más débiles, una violencia para con ellos. Sin Dios – y la historia está repleta de ejemplos – el hombre se convierte en un lobo para el hombre.
  7. Una familia a la que amar. Un modelo de familia no puede ser aceptado si no está relacionado con esta vocación profunda inscrita en la naturaleza del hombre y de la mujer. Sabemos que hoy es aún posible vivir en una familia con plenitud, pero hay que tener valor para proponerlo y vivirlo en primera persona. Es una hipocresía jugar con el amor, dar y luego recuperar, poner límite al amor, hacer creer que amamos cuando sólo buscamos el placer; es una hipocresía mediatizar un amor que engaña, dejar la pareja y los hijos por algo que llamamos injustamente "nuevo amor"; es una hipocresía decir palabras que no pensamos, abrazar con pasión un cuerpo sin ver y contemplar su vida interior. El amor es total, exigente, y sino, no es amor.
  8. Una verdad que buscar. Podemos acumular muchas verdades, científicas, técnicas, filosóficas... son la ocasión para darse cuenta de que falta una verdad las ponga en relación, las aclare y dé un sentido a cada una de ellas. Ningún hombre, ni siquiera el más sabio, ninguna civilización humana, ni siquiera la más avanzada, ninguna opinión de moda podrá facilitar una respuesta a las preguntas que obsesionan el hombre, porque para tener una respuesta hay que poseer la llave del universo, y el secreto de la vida y la muerte.

Si el hombre y la civilización no tienen una respuesta satisfactoria, entonces se puede dar la vuelta a la pregunta: ¿me busca la verdad? Si no llego solo a acercarme de la verdad, ¿puede ella acercarse a mí para decirme quién es, para decirme quién soy y por que existe el mundo?

¿Habla Dios? ¿Cómo habla? Nos dice que posee los secretos del universo como nadie más puede hacerlo, porque solo Él es el Creador: nos dice que conoce profundamente al hombre, porque es Él quien lo inventó, es Él quien lo quiso.

Asimismo, la verdad no es una gran teoría o un sistema, una ideología que pretende tener respuesta a todo; la verdad es Alguien. El Jubileo es la ocasión de conocer este Alguien que es Jesús. Hay que encontrarle, escucharle, mirar su vida, ver como nos ama, intentar conocerle y hablarle. Por eso, Jesús no nos enseñó verdades complicadas, simplemente nos dijo: "Soy el Camino, la Verdad y la Vida".

Se presentan algunos desafíos para afrontar el futuro en este nuevo milenio, para trabajar juntos en la construcción de esta civilización del amor en la que todos soñamos. Pero es necesario, como condición previa, asumir el desafío de nuestra conversión personal. El amor no podrá ganar si no renunciamos al mal, al pecado que está en nosotros. Dios no es el rival contra quien luchar, es un Padre que quiere nuestra felicidad y que tiene confianza en nosotros. Somos nosotros quienes debemos aceptar su propuesta y su presencia. Por eso, si queremos cambiar el mundo para dejarlo un poco mejor de como lo hemos encontrado, habrá que dejarle su sitio a Dios. La transformación del mundo empieza en nuestro interior, y esto nos conduce a una experiencia maravillosa. Recordemos lo que escribía Don Mazzolari: "La noche empieza por la primera estrella, el torrente por la primera gota, el fuego por la primera chispa, el amor por el primer sueño". ¿Por qué no podemos ser la primera chispa, la primera estrella, la primera gota, el primer sueño para empezar algo?

 

Renato Boccardo

Responsable Sección Jóvenes

Pontificium Consilio pro Laicis