El gran Jubileo y el Escultismo
A las puertas de un nuevo milenio, la Iglesia celebra el Gran Jubileo, celebración que se remonta a los tiempos bíblicos, cuando se festejaba cada cincuenta años, y que la Iglesia ha adoptado y ha dotado de todo el contenido sagrado con que la conocemos hoy en día. Hay algunos años que tienen un significado especial, tanto más cuanto marcan el cambio de siglo y de milenio. Pero, ¿es realmente necesario concederle tanta importancia a una simple fecha? Sin duda, nos encontramos ante un momento importante de nuestra Historia. En un mundo en que celebramos hitos tan significativos en nuestras vidas como cumpleaños y aniversarios de boda, ¿no sería acaso un despropósito dejar de celebrar 2.000 años de gracia y salvación? Eso es precisamente lo que se pretende con el Gran Jubileo: celebrar los 2.000 años del nacimiento de Jesucristo. Es, pues, un tiempo de celebración, pero que invita también a repasar nuestras vidas y tomar consciencia de nuestros éxitos así como de nuestros fracasos. Es un tiempo de gracia, de agradecimiento; un tiempo de esperanza, un tiempo para perdonar y ser perdonado.
Hace cuarenta años, el concilio Vaticano II nos recordó que somos un pueblo de peregrinos, condición ésta nunca más cierta en nuestro caso, como scouts que somos. Esta condición de peregrinos nos invita, tanto en lo personal como en lo colectivo, tanto como individuos cristianos como miembros de la Iglesia, a proseguir nuestro peregrinaje hasta el regreso del Señor.
Juan Pablo II, en su carta apostólica A las puertas del tercer milenio, afirma: "La vida de todo cristiano es como un largo peregrinaje a la casa del Señor... Dicho peregrinaje tiene lugar en el corazón de cada persona, se propaga a la comunidad de creyentes y, por último, alcanza al resto de la humanidad." ¡Hagamos nuestras estas palabras del Santo Padre!
"Dicho peregrinaje tiene lugar en el corazón de cada persona (...)" Desde siempre, se ha identificado el corazón como el centro espiritual del ser humano, allí donde tiene cabida todo lo bueno y maravilloso, allí donde el ser humano encuentra todo lo que le es imprescindible. No en vano, es el punto de encuentro entre el "yo" de cada uno y Dios. Es, en definitiva, el lugar más sagrado que poseemos como individuos y, por tanto, el punto de partida desde donde debemos iniciar nuestro peregrinaje. Es en el corazón donde encontramos lo más auténtico de nuestro ser, es en él donde encontramos a Dios.
En el bautismo, momento en el que morimos para renacer con Jesús, sellamos una unión con el Dios Trino. Una unión que nos reconforta y nos invita a que dejemos guiar nuestras vidas de la mano de la sagrada palabra divina y los sacramentos, sobre todo el de la Sagrada Eucaristía. Hubo un momento en nuestras vidas en que ratificamos nuestra fe y nos comprometimos a ofrecer nuestra vida al servicio de la Iglesia. Aceptamos entonces ponernos al servicio del prójimo así como el de todos nuestros hermanos y hermanas. Y eso es precisamente lo que pretendemos, ya en edad adulta, como responsables scouts.
El Santo Padre ha resaltado en numerosas ocasiones el magnífico potencial educativo del escultismo, de ahí que no se canse de insistir a los principales dirigentes del movimiento de la necesidad de educar a los jóvenes a través del programa scout. En ese sentido, los responsables scouts católicos se convierten en auténticos ministros de la palabra de Dios en virtud de lo que son y de lo que hacen. Para ello, sin embargo, es preciso que previamente sepan escuchar a Dios en sus propios corazones, que sepan dejar de lado el ruido y las distracciones de este mundo y penetren en lo más sagrado del ser humano, allí donde, en palabras de San Agustín, "Dios está más presente que nosotros mismos". No sorprenden, pues, las palabras de nuestro Santo Padre cuando afirma que la peregrinación debe empezar desde nuestros corazones, donde, en lo más profundo de nuestro ser, la voz de Dios resuena en toda su plenitud. Una palabra que, es evidente, debemos hacer nuestra y convertir en referencia vital. No puede haber, pues, dicotomía alguna entre la palabra de Dios y nuestra vida, entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que creemos y lo que vivimos. Jesús puso sobre aviso a los suyos acerca de los responsables religiosos: "Los escribas y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés: todo cuanto os dijeren, pues, guardadlo y hacedlo; pero no sigáis su ejemplo; porque dicen y no hacen" (San Mateo 23, 2-3)
La gran prioridad de los scouts católicos es dotarse de una vida espiritual digna. Con ella, y a través de un proyecto vital de servicio para con sus hermanos y hermanas scouts, podrán llenar sus vidas de Dios y el Espíritu Santo, tal como hiciera Jesús, y, de ese modo, entregarse con alegría al prójimo. Sólo cuando los pensamientos y el corazón, las palabras y las acciones se integran en esa verdad que es Cristo, sólo entonces viviremos en plenitud. Sólo entonces nuestras vidas reflejarán a Cristo.
En la medida en que los principales responsables del movimiento ratifiquen el compromiso adquirido a través del bautismo y la confirmación, tanto más efectivo será su ministerio, no tanto por su posición o responsabilidad dentro del propio movimiento, sino por el hecho que supone vivir en Cristo y compartir su gracia. En ese sentido, los scouts deben llevar a Cristo a todos aquellos a los que sirven por medio del escultismo. Deben acogerlo en sus corazones y hacer suyas las palabras del apóstol san Pablo: "revestíos del Señor Jesucristo" (Rom 13, 14). Para lograrlo, es imprescindible tener "dentro de vosotros este ánimo que estaba también en Cristo" (Filip 2, 5) y, de ese modo, tomar consciencia de que "vivo; mas ya no yo, sino que Cristo vive en mí" (Gál 2, 20).
Juan Pablo II nos recuerda que "(Este peregrinar) es extensivo a toda la comunidad de creyentes". Los jóvenes que han optado por pertenecer al movimiento scout constituyen nuestra peculiar comunidad creyente, de ahí que tanto ellos como nosotros estemos llamados a participar en dicha peregrinación. Los jóvenes scouts buscan en nosotros el camino que han de seguir, y es obligación nuestra, como responsables del movimiento, no sólo guiarles sino también hacer que vivan el peregrinaje como suyo. A través del testimonio de nuestras vidas debemos mostrarles qué se espera de ellos como peregrinos, debemos ser sus compañeros de viaje y conversar con ellos. En definitiva, debemos prepararlos y guiarlos, debemos enseñarles cómo han de vivir y actuar, cómo alcanzar su plena autorealización; debemos enseñarles a través de nuestras palabras y acciones los valores de la fe cristiana así como los principios del movimiento scout.
Es cierto que nuestro mundo está lleno de dilemas de índole humana y moral: un mundo cada vez menos religioso y más materialista, un mundo en el que tener es más importante que dar, y en el que el "yo" de cada uno de nosotros se erige en ser supremo. Un mundo, en definitiva, donde imperan los intereses particulares, las necesidades, los sentimientos y los deseos; un mundo donde la moral pública tiene bien poco de moral; un mundo donde los dirigentes políticos han dejado de encarnar ese ideal heroico que busca la juventud; un mundo donde la vida humana carece del menor valor, sobre todo cuando se convierte en un estorbo para alcanzar unos determinados objetivos; un mundo donde se practica y justifica la limpieza étnica y el aborto. Es evidente que nosotros, como educadores scouts, no podemos ocultar esta realidad a nuestros jóvenes ni aunque nos lo propusiéramos. De hecho, nuestra obligación es mostrársela y enseñarles cómo deben orientar sus vidas al tiempo que se convierten en evangelizadores de la palabra de Dios. Tanto su peregrinaje como el nuestro no puede obviar la realidad de nuestro entorno, pues es en él precisamente donde aquél tiene lugar. El mensaje y los valores que ofrece el movimiento scout van dirigidos a este mundo, por cuya salvación Jesús ofreció su vida.
Jesús recorrió su camino acompañado de sus discípulos, con los que compartió su vida. Durante tres años de continuo aprendizaje y puesta a prueba, se convirtió en su maestro y mentor. No dudó en reprenderles ante la falta de compasión hacia el prójimo, así como tampoco en perdonarlos cuando lo traicionaron. En todo momento respetó sus diferentes personalidades atendiendo siempre a los puntos fuertes de cada uno de ellos. A pesar de sus numerosas debilidades, no dudó en confiar en ellos y otorgarles responsabilidades. En ese gran peregrinaje que fue su vida, Jesús anduvo siempre acompañado de sus discípulos.
El mundo en que le tocó vivir a Jesús no difiere tanto del nuestro. Su mensaje de salvación encontró una férrea resistencia de la mano de las autoridades civiles y religiosas de la época, envidiosas de su popularidad y, muy especialmente, del hecho de que se le escuchara "con autoridad". No tardaron mucho en tramar la muerte de Jesús, pero nunca lograron vencerlo. Aun en aquellos momentos en que sus discípulos perdieron del todo la fe en el Maestro, éste estuvo a su lado. San Lucas nos ha dejado esta hermosa estampa del peregrinaje de Jesús y sus discípulos: "Y he aquí que dos de ellos iban aquel mismo día a una aldea, llamada Emaús, que distaba de Jerusalén setenta estadios. Y conversaban entre sí de todas estas cosas que habían sucedido. Y aconteció que, mientras ellos así hablaban y se preguntaban mutuamente, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos... y les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a él mismo... Y aconteció que, estando él sentado a comer con ellos, tomó el pan y lo bendijo; y partiéndolo, se lo dio." (Luc 24, 13-30)
Jesús llevó a cabo su particular peregrinación acompañado de sus discípulos y amigos tanto en los buenos momentos como en los malos. Siempre estuvo con ellos en aquellas situaciones en que más lo necesitaban. ¿Qué mejor ejemplo podríamos encontrar los scouts que el propio Jesús, dispuesto siempre a mostrarnos el camino, enseñarnos la verdad y compartir con nosotros la vida que Él encarna? En el peregrinar de cada uno de nosotros, Jesús camina en todo momento a nuestro lado, de igual modo que nosotros acompañamos a aquellos jóvenes que han depositado su confianza en nuestro movimiento.
De la mano del Espíritu Santo, recorramos los senderos de este mundo iluminados por la luz de Cristo y unos valores fundamentados en sus enseñanzas así como en la tradición de la Iglesia. En ese sentido, el método scout y sus sólidos principios educativos constituyen dos herramientas de inapreciable valor, tanto más efectivas cuanto mayor en su voluntad de servir desde la fe y proporcionar a nuestros jóvenes los medios necesarios para convertirse en los dirigentes del nuevo milenio.
Esta formación en pos del liderazgo y el desarrollo de capacidades debe ser paralela al crecimiento físico y mental de nuestros jóvenes, tal como hiciera Jesús, no sólo ante la comunidad mundial sino también ante Dios. Ahora son líderes entre los de su edad, pero en un futuro próximo se convertirán en máximos dirigentes de la comunidad mundial, algunos como sacerdotes, diáconos y religiosos, otros (los más) como laicos católicos practicantes, primero a nuestro lado, hasta que un día nos tomen el relevo.
Sin duda proseguirán el peregrinaje hacia la casa del Señor, intentando en todo momento reunir en el camino al conjunto de la humanidad. ¡Qué maravillosa labor la nuestra, educar a nuestros scouts para asumir tamaña responsabilidad! Pero, para ello, es necesario que asumamos nosotros ese mismo reto antes de poder transmitírselo:
"Éstos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús." (Jn 12, 21)
En este peregrinaje que es nuestra vida, y con motivo del Gran Jubileo con que saludamos el nuevo milenio, estemos "siempre listos" para guiar no sólo a nuestros scouts, sino a todo aquél que venga a nosotros en busca de respuestas: "Señor, quisiéramos ver a Jesús."
Mons. Richard P. La Rocque
Capellán Mundial CICE